Cuidar de un bebé implica una atención constante que pocas experiencias en la vida igualan. Sin embargo, en la rutina diaria —ya sea durante un trayecto en transporte público, una consulta médica o incluso al preparar la comida— resulta inevitable que los adultos no puedan estar disponibles al cien por ciento todo el tiempo. En esos momentos, muchos recurren a una solución rápida: las pantallas. No obstante, expertos en desarrollo infantil advierten que esta práctica, aunque eficaz a corto plazo, puede tener efectos negativos en el mediano plazo.
Investigadoras de la Universidad Autónoma de Madrid y la Universidad Autónoma de Barcelona plantean una alternativa basada en el juego libre y la exploración autónoma. La propuesta consiste en crear pequeños “microescenarios” con objetos cotidianos que permitan a los niños entretenerse por sí mismos mientras desarrollan habilidades cognitivas, motoras y emocionales.
La clave está en ofrecer entre dos y cinco objetos abiertos, es decir, materiales no estructurados que puedan usarse de múltiples formas. Estos pueden invitar a acciones como apilar, abrir, cerrar, transportar o encajar, siguiendo principios del llamado juego heurístico. A diferencia de los juguetes tradicionales o las pantallas, estos objetos estimulan la imaginación y permiten que el niño explore a su propio ritmo, sin instrucciones externas.
Colocar estos elementos en un espacio delimitado —como una manta o alfombra— ayuda a generar una sensación de contención y seguridad. Además, incorporar pequeños rituales de inicio y cierre, como frases repetitivas, contribuye a estructurar el tiempo y favorece la autorregulación emocional desde edades tempranas.
Los especialistas también sugieren adaptar los objetos según la edad. En bebés de 0 a 12 meses, elementos simples como una cuchara de madera, un aro de silicona o un pañuelo con nudos pueden mantener su atención durante breves periodos. Entre los 12 y 24 meses, se pueden introducir pequeñas colecciones de objetos seguros para clasificar o manipular. A partir de los dos años, materiales como pinzas grandes, contenedores o tapones permiten desarrollar “proyectos” más complejos de forma autónoma.
Un aspecto fundamental es evitar la sobreestimulación. Ofrecer demasiados objetos al mismo tiempo puede dispersar la atención del niño, mientras que una selección limitada favorece la concentración, la repetición y el descubrimiento. Alternar los materiales también ayuda a mantener el interés sin saturar el entorno.
Estos kits de juego pueden adaptarse a distintos contextos cotidianos. En un restaurante o en casa, permiten mantener al niño ocupado de manera tranquila; en el transporte, facilitan actividades repetitivas sin necesidad de sonido; y en una sala de espera, promueven la motricidad fina con acciones como abrir y cerrar recipientes. Incluso en casa, durante una tarde lluviosa, pueden combinarse con pequeños circuitos físicos que integren movimiento y calma.
Frente a estas alternativas, el uso frecuente de pantallas en edades tempranas genera preocupación. Aunque pueden captar la atención de forma inmediata gracias a sus estímulos visuales y sonoros, no fomentan la interacción ni la exploración sensorial, elementos esenciales en la primera infancia. Además, diversos estudios señalan que su uso excesivo puede incrementar la dependencia a este tipo de estímulos y reducir el interés por actividades más pausadas.
Organismos como la Organización Mundial de la Salud y la Asociación Española de Pediatría recomiendan evitar completamente las pantallas en menores de 12 a 18 meses, e incluso algunas investigaciones sugieren extender esta limitación hasta los seis años.
Más allá de prohibiciones estrictas, el enfoque de los especialistas apunta a ofrecer alternativas reales y accesibles. Sustituir una pantalla por objetos simples y manipulables no solo resuelve momentos puntuales, sino que contribuye al desarrollo integral del niño y sienta las bases para una relación más saludable con el juego, el aprendizaje y el entorno.
En un contexto donde la tecnología está cada vez más presente desde edades tempranas, recuperar el valor de lo simple puede ser una de las decisiones más importantes para el desarrollo infantil.














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